Sacudido todavía por el impacto que me produjo el jueves la noticia de tu pérdida, acudí al acto que prepararon tu familia y tus amigos este pasado viernes en tu memoria. Si ya estaba conmovido, la sinceridad de sus palabras y la emoción que se desprendía de los poemas y las canciones que allí se escucharon, acabaron por derribar las pocas defensas que mantenía en pie.

Tu hermano te definió perfectamente en tres palabras: "delicadeza, respeto, sensibilidad"; tu sobrino, acompañado por otro amigo a la guitarra nos hizo saltar a todos las lágrimas con la interpretación de una de las más bellas canciones de Pink Floyd "Wish you were here". A partir de hoy, cada vez que la oiga, me asaltará tu recuerdo.

Otros poemas y otras voces completaron aquellos veinte o treinta minutos de evocación. Fue necesario salir a tomar el aire, coger aliento, y después de recuperar las fuerzas para seguir adelante, me dirigí a tu hermano para darle el pésame y expresarle el deseo de participar, en mi nombre y en el de mis compañeros del departamento de Historia del Grande Covián, en este homenaje a tu memoria.

Tu presencia era siempre acogedora. Silencioso, irónico, tierno, hombre de pocas palabras,  encendías los ojos cuando  hablabas de poesía, de pintura, de música o de cine. Con gustos de vanguardia en todas estas disciplinas, escuchabas nuestros comentarios acerca de alguna exposición o alguna película que habíamos visto recientemente, y entonces te atrevías a lanzar, con enorme discreción, tus recomendaciones. Te gustaba ir a Madrid y allí asistías a recitales, ibas al cine y al teatro y el lunes siguiente nos relatabas tus descubrimientos.

No sé si era timidez o respeto a las opiniones ajenas, pero jamás imponías tus gustos ni tus apreciaciones. Nunca te oímos levantar la voz, ni siquiera en clase, en estos últimos años en los que los cambios sociales y la desidia de la administración la han convertido, en ocasiones, en una jungla. Tu discreción era absoluta, pero tus opiniones políticas y tu entereza moral te pusieron siempre en el lado de quienes defendían el valor de la educación como instrumento de cambio y mejora social.

Cuando me jubilé el año pasado me atreví a dar algunos consejos para los compañeros que se quedaban en el tajo; entre ellos estaban la necesidad de salir del aula y del trabajo en equipo. Una de las actividades de nuestro departamento fue aquella de rimbombante título: "El Camino de Santiago en Aragón como escenario de aprendizaje de la Geografía". Nos llevó todo el curso 2010/11 a tus compañeros de entonces: Pilar, Carmen, Santiago, José Antonio, Tomás, tú y yo, más el apoyo de otras tres profesoras de la Facultad y del Centro de Profesores a emprender varios viajes y elaborar unos materiales que luego se emplearon en otras salidas con profesores y con alumnos. Te tocó rememorar la historia de la estación de Canfranc. La puesta en marcha de un proyecto que movió a los aragoneses y que después de 50 años de lucha apenas sirvió para nada. Ahora te recuerdo contándonos allí, junto a la estación, esa historia de ilusión desvanecida, esa historia que puede ser el reflejo de una vida. Aquellos viajes, aquellas comidas nos sirvieron para conocernos mejor y para querernos más.

Porque te queremos muchísimo. Eras un poco rebelde y travieso, como un niño, que salías a fumar un cigarro a escondidas en tus huecos entre clase y clase, junto a otros compañeros (Alicia, Pilar...). Llevabas diez cursos con nosotros. Viniste con Lourdes, después de una larga temporada en Mallorca, pero pronto te quedaste solo. A partir de entonces, te cubrió una niebla que no pudimos disipar. Llegaba el mes de mayo y el recuerdo la hacía más espesa. El último año, la enfermedad de tu madre acreció esa nube de tu memoria. Poco pudimos hacer por ti, qué tristes nos has dejado, qué huérfanos.

Y también a tus alumnos. No muchos se enteraron, pero allí estaban representados. Pude reconocer a algunos del curso pasado, de 2º  y de 4º de ESO, pero también a otros que terminaron este año 2º de Bachiller, que te tuvieron hace años y que te seguían recordando. Estaban destrozados. No me extraña. Muchos compañeros cuentan que cuando entraban después de tus clases no se atrevían a borrar la pizarra, porque allí habían quedado, mudos testigos de tu capacidad, tus dibujos de arte, las portadas románicas, las arquerías góticas.

Nos queda todo eso y mucho más. Desde que nos faltas, nos hemos dado cuenta de hasta qué punto eres como un orbayu, un sirimiri. Una lluvia imperceptible, que termina por calarte hasta los huesos. Gracias, Francisco, por todo lo que nos has dado en estos diez cursos, que ojalá hubieran sido veinte. Va a ser muy difícil estar sin ti, pero tu memoria queda con nosotros.  Wish you were here.

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