Nada parecía bastar a Mr. Boisset, y una vez que obtenía gloria en alguna región del planeta, movido de su espíritu inquieto marchaba luego a otro donde no le conociesen; ya que la fama, solía decir, granjea demasiados compromisos sociales (Aventuras de Mr. Boisset, Biblioteca de Lastanosa, 1993).

Uno de los ilustradores más singulares de las últimas décadas es Francisco Meléndez (Zaragoza, 1964), autor de una amplia y brillante producción en la que se advierte un espíritu creativo muy inquieto, ajeno a las modas y atento, más bien, a una tradición gráfica nada convencional. Poco dado a explotar aquellos hallazgos estilísticos con los que ha alcanzado el éxito, desde muy joven ha desarrollado un trabajo en constante evolución, en el que mantiene un sello inconfundible.

Su primer trabajo en la ilustración de libros es El hombre del aire libre de Rafael Gastón (Ayuntamiento de Zaragoza, 1984), engalanado con láminas de plantas, a imitación de tratados antiguos de botánica, y viñetas de animales con un tratamiento naturalista. Bien distintas son las figuras humanas de fisonomía caricaturesca en las que no reconocemos, todavía, rasgos particulares de estilo. Sin embargo, esta primera publicación presenta algunas características que definen su producción posterior, como el gusto por la caligrafía y un sentido minucioso de la representación.

Otra obra perteneciente a sus años de formación es Viaje a una casa tradicional aragonesa del valle medio del Ebro de José Aznar Grasa (Diputación General de Aragón, 1985), que muestra vistas e impresionantes conjuntos arquitectónicos, animados con figuras reales y míticas, inspiradas en xilografías renacentistas.

Un aspecto elaborado y personal tienen las ilustraciones de Bigulín, manual de música para uso docente coordinado por María Ángeles Cosculluela (Diputación General de Aragón, 1986). En esta obra observamos personajes de talle robusto, con rostros de noble y clásica belleza que enmarcan cabelleras de mechones regulares. No menos importante es la delicada factura que obtiene, gracias al uso de un bolígrafo BIC de punta fina sobre un papel de grano. Además ensaya hermosas combinaciones cromáticas de verde periquito y oro, salmón y plata. Especialmente destacan las composiciones más ambiciosas, impresas a doble página, que recrean obras musicales con detalles fantasiosos y oníricos.

A esta obra siguen El valle de los Cocuyos de Gloria Cecilia Díaz (SM, 1986) y dos libros de Ciro Alegría, Sacha en el reino de los árboles y Once animales con alma y uno con garra (Alfaguara, 1986 y 1987), cuyas figuras ostentan cuidados modelados, que acentúan la redondez y sensualidad de las formas. Asimismo observamos cierta mesura en los ademanes y expresiones que remiten a un imperturbable mundo arcaico.

Especial atención requiere La oveja negra y otras fábulas de Augusto Monterroso (Alfaguara, 1986), que permite desplegar a Meléndez un conjunto numeroso y variado de motivos, en el que se alternan animales que, siguiendo la tradición gráfica anglosajona, no pierden del todo su naturaleza (a diferencia de la animación moderna), vestidos y representados en actitudes humanas, con personajes reales y míticos e incluso alguna arquitectura y objetos animados. Este trabajo mereció el Premio Nacional de Ilustración de Libros Infantiles y Juveniles.

Al año siguiente aparece La noche de las papeleras de Eugenia Marquina (Diputación General de Aragón, 1987), historia protagonizada por personajes urbanos en la que el ilustrador ejerce de fino cronista de lo cotidiano y logra imágenes de tierna expresión, iluminadas con una sencilla gama de amarillos, ocres, marrones y grises.

También debemos mencionar Jacobo no es un pobre diablo de Gabriela Heiser (SM, 1987), delicado cuento protagonizado por albatros, a los que Meléndez dota de rasgos individuales, y Los buscadores de tesoros de Edith Nesbit (SM, 1987), libro poblado por personajes de porte envarado pertenecientes a la época victoriana, cuyas anatomías y ropajes muestran, respectivamente, calidades granulosas y aterciopeladas, perfectamente conjugadas con detalles caligráficos.

Un salto cualitativo supone la publicación de El Cascanueces y el Rey de los Ratones de E. T. A. Hoffmann (Mondadori, 1987), obra en la que el artista recrea maravillosamente la época en la que fue escrita. Muestra figuras de canon alargado a las que proporciona una especial distinción, incluso cuando en sus rostros asoman emociones. En general, los personajes ganan en expresividad y actúan como ingenuos autómatas que ejecutan su papel con decidido empeño. De nuevo aborda el color, aplicado de forma cautelosa, con el que consigue, no obstante, audaces combinaciones de verde con rosa y salmón.

De concepción bien distinta son las ilustraciones de Los machafatos y Los machafatos siguen andando, de Consuelo Armijo (Edelvives, 1987 y 1989). En estas dos obras, los personajes exhiben morfologías diversas, aunque mantienen en común un pelaje tupido y extremidades finas y alargadas, amén de una expresividad propiamente humana, subrayada con diferentes complementos, que les confieren una comicidad al margen del texto.

Admirables resultan las vistas urbanas imaginarias destinadas a Las diez ciudades de Marcello Argilli (Noguer, 1988). Se trata de un bello conjunto escénico formado por perspectivas intuitivas que recrean espacios y edificios de distintas épocas, donde asoman monumentos singulares, algún aerostato, otras naves voladoras y personajes de concepción idealizada o tomados de la caricatura decimonónica. Este género lo seguirá cultivando a lo largo de su trayectoria profesional con notables resultados, aunque mostrando modelos urbanos reales.

Un nuevo reto artístico se propone en Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift (SM, 1988), libro en el que combina figuras de fina y detallada ejecución y rico colorido con otras de trazo desenvuelto, dibujadas a pluma e iluminadas únicamente con dos tintas. Por lo que se refiere a la caracterización de los personajes, encontramos expresiones contenidas, resignadas y distantes, que contrastan con ademanes exagerados y alguna mueca que requiere la acción.

Otras obras de cuidada ejecución y factura son La isla de las ballenas de Juan Ignacio Herrera (Júcar, 1988), cuyas páginas reflejan hermosas estilizaciones de cetáceos, Los cuentos de mis hijos de Horacio Quiroga (Alfaguara, 1988), La huida de Antonio Martínez (Espasa-Calpe, 1988), Cuentos para la hora de los postres de María Dolors Alibés (Edelvives, 1988) y Ocho cuentos del perrito y la gatita del escritor checo Josef Capek (Espasa-Calpe, 1989), donde el artista logra plasmar la candorosa personalidad de los personajes.

De trabajo excepcional podemos calificar El verdadero inventor del buque submarino, escrito por el propio autor bajo el seudónimo de Annibal Gobelet (Ediciones B, 1989). La narración basada principalmente en el Tristam Shandy de Lawrence Stern se aleja de desenlaces convencionales que fomentan la idea de éxito.

Muy novedoso resulta el texto caligrafiado, formando dos columnas, con abundancia de “imágenes de rasgo” que figuran como encabezamiento o están intercaladas, así como hermosos entrelazos dispuestos a modo de colofón. Algunas figuras y adornos se inspiran en la obra de Bruno Gómez (militar zaragozano cuyo trabajo caligráfico se data en las primeras décadas del siglo XIX). A diferencia suya, las líneas trémulas y de contornos irregulares gravitan entre una antigua tradición gráfica y cierta modernidad.

Las escenas, perfectamente ambientadas, reproducen modelos de la Enciclopedia francesa y albergan detalles preciosistas que reivindican en el fondo un mundo artesanal. El personaje principal muestra un porte indolente y aristocrático que refleja una posición vital frente a adversidades y desengaños. En contraste con el protagonista, su criado Annibal adopta poses forzadas y algo teatrales que proporcionan a la obra un tono divertido. Por lo que se refiere al color, apreciamos logradas relaciones cromáticas de pardos, rojos bermellones, rosas, ocres y verdes, entre los que asoma algún azul.

Esta obra fue galardonada con el premio al libro mejor editado por el Ministerio de Cultura en el LIBER 1990. En la exposición “Los libros más bellos del mundo”, celebrada en Leipzig, obtuvo la medalla de plata. Además, fue publicada por Harry N. Abrams en los Estados Unidos, donde atrajo la atención de los estudios Disney que propusieron al autor llevarla al cine, quizás bajo la dirección de Tim Barton.

A este mundo estético de filiación romántica pertenecen los Cuentos del pastor (en total siete relatos) de Bernardo Monterde (Montena, 1989), que pese a no estar adscritos a una época concreta, el artista ambienta en el pasado, preferentemente en la época victoriana y primeros años del siglo XX, con alguna incursión en la Edad Media y en el Siglo de las Luces.

Otro proyecto ambicioso en el que Meléndez trabaja sobre un texto propio, firmado con el nombre de Oskar Keks, es Leopold. La conquista del aire (Aura Comunicación, 1991), historia de amistad y aventura de Leopold, Gustav y Max, cuyo núcleo central es el descubrimiento de los inventos del profesor Ganswindt (un personaje histórico), que permite a los protagonistas retomar el viejo sueño de volar. Sin duda, este argumento sirve de pretexto para recrear ambientes decadentes, de final del siglo XIX, y mostrar otra vez hermosos ingenios mecánicos, ornamentados con detalles fantasiosos. En esta ocasión, el trabajo se nutre de La ilustración española y americana, manuales de aeronáutica primitiva, así como revistas de moda de la época.

Proliferan las ilustraciones a doble página que ofrecen un ángulo de visión amplio e irreal con acusados efectos de perspectiva. De forma decidida se incorpora el paisaje y se erigen escenarios arquitectónicos, representados mediante una factura delicada y transparente. La técnica se torna más compleja y predominan las superficies y volumetrías obtenidas con aerógrafo. El texto aparece igualmente caligrafiado, enfrentado a las ilustraciones o perfectamente integrado en cartelas, superficies de objetos, nubes y fondos vacíos. Esta obra recibió el Premio Nacional de Ilustración y fue editada de nuevo en los Estados Unidos por Harry N. Abrams, quien encargó al autor un texto caligrafiado en inglés.

Ese mismo año aparece El peculiar rally París-Pekín (Aura Comunicación, 1991), aventura desenfadada de tintes aristocráticos y exóticos. Muestra como novedad imágenes de rápida ejecución, resueltas con una factura pictórica deliberadamente descuidada y de raigambre expresionista, entre las que se integran algunos collages. Al mismo tiempo, la paleta se torna más densa y contrastada y se opta por composiciones abigarradas y dinámicas, pobladas por personajes gesticulantes, que adoptan un repertorio amplio de poses.

De obligada mención es el Sexivium (Universidad de Zaragoza, 1991), tratado de sexo escrito en latín, ilustrado con imágenes de discreto erotismo, que aluden a las disciplinas universitarias y se inspiran en la tira cómica. En este libro, Meléndez emplea por primera vez la aguada de tinta china, a la que añade ágiles trazos de pluma, recurso gráfico que retomará en otras publicaciones.

Esta técnica la vuelve a emplear en Cuentos que me contaron de Gabriela Sánchez (Fundación Nueva Empresa, 1991). De este libro debemos destacar la portada, compuesta por siluetas en ligero relieve o rehundidas (estampadas en seco), coloreadas con tintas planas y en las que se integra perfectamente la tipografía.

Un trabajo sin duda portentoso realizó en El viaje de Colonus (Aura Comunicación, 1992), crónica del itinerario seguido por Colón hasta llegar a las Indias, basada en escritos del navegante, de su hijo don Hernando y de los cronistas de Indias. Observamos un largo friso plegado en fuelle, de tres metros y medio, que se puede ver individualmente o formando un conjunto, en el que los cambios lumínicos o de escala no afectan a la armoniosa continuidad de la imagen y desarrollo narrativo. Una vez más adopta un estilo minucioso, en el que el color brillante y delicado, acorde a un idílico encuentro entre dos mundos, se inscribe en contornos precisos.

Otro proyecto enteramente personal y sorprendente es Kikufo Yep-yep Nami-gú (Ikusager, 1992), un divertido y ocurrente manual de antropología, donde el aspecto de los personajes, lejos de resultar rudimentario o salvaje, mantiene una evidente relación con la caricatura decimonónica, con detalles provenientes de la estética hippie. Probablemente, subyace el propósito irreverente de igualar el comportamiento de homínidos y primitivos seres humanos con las actitudes de sus congéneres históricos.

Un cambio técnico relevante apreciamos en las Aventuras de Mr. Boisset (Biblioteca de Lastanosa, 1993), risueñas andanzas de un original inventor, ilustradas con falsas xilografías impresas en dos tonos. Esta narración tiene continuidad en Tomi-Kikannsha o El tren Tomi (Biblioteca de Lastanosa, 1995), obra de desenlace feliz, en la que el pequeño tren inventado por Mr. Boisset busca su identidad e inicia un recorrido por el Japón de la era Edo. Gestada durante un viaje de estudios al archipiélago nipón, se inspira estéticamente en el dibujo y la xilografía japonesa, por lo que está adornada incluso con escritura silábica e ideogramas.

También cabe subrayar el proceso creativo abordado en El problema de los ferivales de Pau Joan Hernández (L’arca, 1996), cuyas páginas alternan figuraciones que nos traen el recuerdo de El peculiar rally París-Pekín y animalitos inspirados en dibujos infantiles, atesorados por Meléndez y procedentes de concursos en los que intervenía como jurado.

El gusto por las máquinas reaparece en Cuentos de Trenes, firmados por un notable elenco de escritores aragoneses (Cremallo, 1998). Estos relatos aparecen encabezados principalmente por viejas locomotoras y algún tranvía, dibujados con técnica desenvuelta a pluma y aguada de tinta china.

Un libro magníficamente editado, por el que nuestro artista manifiesta predilección es Íntimas suculencias de Laura Esquivel (Ollero & Ramos, 1998). Este trabajo se caracteriza por un sentido barroco de la representación, en el que se suceden imágenes a toda página y otras que ocupan sus márgenes, formando escuadra y enmarcando el texto. Pese a la dificultad que supone inscribir figuras dentro de orlas y el carácter unitario que debe mantener el conjunto, éste no pierde amenidad en ningún momento.

A raíz de este trabajo, la escritora mejicana propuso a Meléndez ilustrar Estrellita marinera (Ollero & Ramos, 1999), por lo que éste se desplazó y residió durante algún tiempo en Méjico D. F. Fruto de esa estrecha colaboración es un trabajo rico en imágenes, de aspecto heterogéneo, entre las que destacan los apuntes callejeros de tipos populares ejerciendo oficios humildes.

Al mismo universo estético pertenece The Phantom of the Opera de Gaston Leroux (Macmillan Heinemann ELT, 1998), con imágenes en las que compagina aguadas, empleadas como base, y finos trazos de pluma dibujados a trechos, que envuelven las figuras limpiamente. Otro encargo le permite ilustrar dos populares relatos de Washington Irving, The Legends of Sleepy Hollow and Rip Van Winkle (Macmillan Heinemann ELT, 2000), mostrando escenas muy detalladas que podemos relacionar con la estampa costumbrista y satírica.

De nuevo, la editorial británica confió la ilustración de The legend of Batok Volcano de Cheryl Palin (Macmillan, 2005). En esta obra de estudiada y detallada ejecución, el relato mítico sobre el origen del volcán se enmarca en una excursión al Parque Nacional de Semeru. Destaca la cándida expresividad del ogro, protagonista de la narración, cuya desnudez y aspecto primitivo de inspiración maorí contrasta con la indumentaria de los demás personajes y riqueza de los escenarios indonesios.

Aparte de su tarea más conocida de ilustrador de libros, cabe destacar su dedicación al ex libris, cuyo número ciframos alrededor del centenar. Este tipo de trabajo se caracteriza por una especial finura y refleja sus preocupaciones temáticas y formales, con imágenes de concepción más lírica o impregnadas de humor, cercanas a la tira cómica.

Memorable es su labor como cartelista al servicio principalmente de la Institución Fernando el Católico (Zaragoza). Podemos referir los carteles que anuncian ciclos de conferencias como La ciudad islámica (1988), que muestran a un mahometano con arquitecturas palaciegas configurando su torso y aspirando el olor de una flor, así como rotulaciones de inspiración cúfica; La historia en el horizonte del año 2000 (1995), compuesto por ciudades imaginarias, de corte futurista o inspiradas en la arquitectura de los regímenes totalitarios del pasado siglo, tomadas del libro ya comentado de Argilli; La Corona de Aragón y el nuevo mundo (7º Congreso Internacional de Historia de América, 1996), que exhibe la hermosa imagen de un amerindio con el cuerpo palado de oro y gules, sosteniendo en su mano un pajarito de alas caligrafiadas; y Los retos ante la implantación del euro (2002), con un mapa de Europa representado mediante una figura femenina sedente, cubierta de arquitecturas, figurillas variopintas y billetes de banco imaginarios, alusivos a diferentes países.

Igualmente merecen nuestra atención los carteles conmemorativos de aragoneses ilustres como Baltasar Gracián, Miguel Servet y Fernando el Católico, así como diversos polípticos entre los que destaca el dedicado al escritor belmontino, ilustrado con algunas de sus máximas morales, donde el lenguaje alegórico se interpreta de manera desenfadada y en el que conviven iconografías antiguas y modernas.

Todavía cabe añadir el cartel titulado Un paseo por las Cortes, editado por las Cortes de Aragón en 1996 con texto de Jesús Jiménez. En su confección participaron su hermano Pablo y su amigo Justo Núñez (La Biblioteca Lastanosa). Ejecutado con pluma y aguada de nogalina, reúne vistas del palacio de la Aljafería (el exterior de las murallas, las arquerías del lado norte, el salón del Trono, el patio de San Martín, la torre del Trovador y el hemiciclo parlamentario), conjunto animado por personajes de época que recrean con tono desenfadado los usos que ha tenido el recinto. Resume igualmente la historia de Aragón y de sus instituciones. No faltan las huestes cristianas descendiendo de las cumbres pirenaicas, un retrato ecuestre de Felipe V, un dragón de San Jorge de pasatiempos (de unir los puntos), un superhéroe volador que personifica al Justicia o un harén sobre alfombra dirigido por un uniformado conductor de limusina.

Tras examinar la trayectoria profesional de este autor, cabe establecer un parangón con la carrera de otras figuras intelectuales y artistas del pasado, cuya nota biográfica común era la precocidad y el desarrollo de una intensa actividad antes de cumplir los treinta años.

Inaugurado el milenio funda la agrupación socio-educativa Al-Mayari-Valmadrid, dedicada a promover el trabajo artístico entre niños y adolescentes, al margen de patrones culturales dominantes y encorsetados planteamientos académicos, así como la cooperación entre centros educativos de distinto nivel, entre los que se encuentra el IES Francisco Grande Covián. Los resultados se plasman en la cartilla bilingüe Ya me lo sé (2007), escrita en castellano y en el árabe dialectal de Marruecos, el periódico La nieta de Drácula (2008) y la revista Misterios de Chicas (2009). En estas dos últimas publicaciones, Meléndez explora todas las posibilidades del fotomontaje, combinando dibujos, fotografías antiguas (familiares y publicitarias) y otras tomadas para la ocasión. Concilia una estética pasada de moda, adscrita a la guerra fría, con imágenes de una expresividad sin cortapisas, creadas por adolescentes. En la misma línea se sitúa Marciano en España, publicación digital de lecciones de español para estudiantes universitarios japoneses que cursan esa asignatura en las Universidades de Kyoto, Ritsumeikan, Ocayama, Otakama y Doshisha.

Cuando ya pensábamos que la actividad más convencional de Meléndez se había extinguido y su firma se diluía en experiencias colectivas, gracias al empeño de unos amigos editores ha ilustrado Los diarios de Adán y Eva de Mark Twain (Libros del zorro rojo, 2010). En este nuevo trabajo, ejecutado con finas y limpias gradaciones de lápiz, los protagonistas se alejan de cualquier imagen estereotipada y mantienen un aspecto refinado, que identificamos llevados por la imaginación con tertulianos naturistas, fervorosos defensores del darwinismo. Estas hermosas ilustraciones han sido distinguidas con el Premio Junceda Iberia 2011 otorgado por la APIC (Associació Professional d’illustradors de Catalunya).

Otro trabajo reciente y de obligada mención es la ilustración de Los diez libros de las hazañas del rey Alfonso. La conquista de Nápoles [1455] del humanista Bartolomeo Facio, crónica de las gestas de Alfonso V el Magnánimo en territorio italiano, cuya edición, introducción y notas se deben a Ana Isabel Magallón (Institución Fernando el Católico, 2017). La obra presenta un coqueto retrato del monarca representado en perspectiva jerárquica, acompañado de tres pajes que portan sus trofeos y sosteniendo el cetro y la esfera crucífera, símbolo de su potestad que se muestra en la página siguiente (el brazo queda cortado en la anterior), junto a un texto alusivo, caligrafiado y firmado por Franceschino M. Quodvultdeus (seudónimo del propio Meléndez). También, sobre un encarte u hoja desplegable insertada en la publicación, Meléndez nos ofrece una cuidada vista panorámica de la ciudad de Nápoles en el Quattrocento, inspirada en La Tavola Strozzi, salpicada de filacterias identificativas de los monumentos, así como un mapa historiado de Italia que combina arquitecturas, figuras alegóricas y una hermosa tipografía. Los motivos representados están ejecutados a lápiz y los fondos coloreados digitalmente, con preferencia por los tonos pastel.

Una excelente noticia sobre nuestro artista es el trabajo monográfico que en estos momentos está redactando Isabel Cebolla, profesora de Dibujo y leal colaboradora de la Asociación Al-Mayari. Saludamos la ocasión para conocer los cuadernos íntimos de Leopold, llenos de anotaciones y dibujos, así como todas sus aventuras tras un largo y anónimo viaje.